Te tomaste tu tiempo, no tenías ningún apuro y por fin naciste hoy. Nos tenías a todos con los nervios de punta, el corazón acelerado y envueltos en una emoción indescriptible. Te queremos tanto, te esperamos con tanta ilusión. Nos imaginábamos tu cara, tus formas, tu olor, el color de tu pelo, tus ojos, tus pies, el sonido de tu llanto. No te imaginas en tu cunita, envuelta en tu hermosa cobijita, o acurrucada en el regazo de tu mami, cuanto amor has despertado en nosotros con tus 52 centímetros y tus tres kilos y medio, mucho más de lo que cabe en este post. Pareces un duraznito, un repollito. Tan rosadita, pequeña, despierta y suave. Tan tierna y frágil. Nos tienes tan embobados, muchachita. Tan enamorados de la vida. De ti.
Eres tan dulce y bonita. Tan afortunada. Tan querida y esperada. Tantas veces te imaginamos, niñita amarilla. Pero la realidad nos superó, eres más hermosa de lo que alcanzamos a soñar. Eres una maravilla. Un regalo del cielo. Una bendición inmensa. Una muñeca, enana.
Eres divina, Silvana.
sábado, 19 de marzo de 2011
viernes, 18 de marzo de 2011
Días felices
Hay días que simplemente se parecen a la felicidad. Días en lo que nos inunda una ola de optimismo, esperanza y alegría. Días en que no hay nada que pueda perturbarnos. Días en lo que el cosmos hace trampa, nos quita los escombros del camino y todo sale bien. Días en los que somos plenamente conscientes de la fortuna que representa estar vivos, sanos. Días en los que la familia y los amigos cobran especial importancia y significación. Días en los que sentimos que el pasado y lo malo pasó definitivamente. Días en los que nos provoca decirle a la gente cuánto nos importa. Días en los que nuestras metas y objetivos brillan tan claros y tan cerca. En los que las cosas que nos hacen infelices, a ratos, se ven tan pequeñas. Sólo lo bueno, lo positivo, aquello que nos deja algo y nos convierte en mejores persones debe importarnos en realidad. Lo demás sobra, estorba. Lo demás, mejor lo apartamos del camino, lo hacemos a un lado o le pasamos por encima. La vida es demasiado corta y pasa tan violentamente, que es un desperdicio malgastar tiempo siendo infelices, sufriendo.
Cuando nos toca la fortuna, con uno de esos días, deberíamos memorizar la sensación, guardarla bajo llave en el cerebro y en el corazón y refugiarnos ahí cuando la partida venga mala.
Sí, hoy me tocó un día de esos y pienso alargarlo lo más que se pueda.
Cuando nos toca la fortuna, con uno de esos días, deberíamos memorizar la sensación, guardarla bajo llave en el cerebro y en el corazón y refugiarnos ahí cuando la partida venga mala.
Sí, hoy me tocó un día de esos y pienso alargarlo lo más que se pueda.
miércoles, 9 de marzo de 2011
Sueño que sueño
Y de pronto me invade una melancolía inmensa y sueño. Imagino que sucede y, sí, viene en camino un hijo nuestro. Y me sonrío de lado y una lágrima solitaria sale al ruedo. Y pienso que sería bello. Y como es mi sueño, lo modelo. Imagino que tiene tu cara, y tu pelo. Tu sentido del humor, tu desenfado, tu corazón y tus dedos. Que lo enseñas a amar, a reír, a perdonar. Que lo educas en la bondad, en el amor, en los juegos. Que lo enseñas a soñar y a cabalgar tras sus sueños. Que saca lo mejor de ti y tus mismos sentimientos. Ese color de tu voz, esa mirada, esos gestos. Esa risa al despertar, que es un regalo completo. Y lo miro tan real, casi lo toco, lo beso. Y lo contemplo con calma y escucho en paz sus silencios, y hace una mueca de lado y noto que está sonriendo. Y empiezo casi a temblar y me descubro en su cuerpo, en su manera de andar, camina casi corriendo y pica el ojo al voltear como siempre suelo hacerlo. Y los sueños, sueños son, y qué si sueño despierto. Y qué si decido hacerlo realidad y que ya no sea un sueño?
martes, 1 de marzo de 2011
Piezas

He llegado a la conclusión de que a veces en las historias, en la vida, hay piezas que faltan. Piezas que nunca existieron o que desaparecen para siempre y aunque uno se empeñe en encontrarlas o se cuestione una y mil veces qué sucede, simplemente no aparecen. Tal vez por eso, por ese necio empeño en encontrarlas, hay situaciones, acciones y escenas que se repiten de manera permanente. Y muchos pensarán que es que hay algo que aprender y no hemos dado con el qué, otros más soñadores se pasearan por la idea de que hay historias que se quedan abiertas de por vida y que serán siempre importantes y algunos otros simplemente se frustran al concluir que algo en ellos falla para no poder cerrar el ciclo, la historia, el circulo, el vicio. Es un asunto complicado, sin duda. Sin embargo creo que es sólo cuestión de tomar una decisión. Es absurdo dedicar la vida a un asunto tan puntual. Hay que aprender a pasar la página, a perdonar, a olvidar y desechar las esperanzas por eso que no fue. Sí, suena más fácil de lo que es, pero no se trata de algo imposible. De verdad siento que hay que ir, como leí por ahí alguna vez, lo más ligero de equipaje que se pueda. Tratar de ser feliz y no anclarse en la desdicha, el sufrimiento, la duda ni el dolor. Y las historias inconclusas, abiertas, hirientes, pesan demasiado. Son una carga muy grande y fastidiosa. Hay que soltar sin volver la cara y seguir adelante.
Entendí que no todo tiene un por qué, una explicación, hay cosas que simplemente pasan. Pero teníamos una vida antes de eso, no?
lunes, 10 de enero de 2011
2011

Poco he aparecido por aquí últimamente. En realidad he estado medio desconectada de todo. Estaba disfrutando a las personas que más quiero y, más recientemente, degustando como hace tiempo no hacía unas navidades deliciosas e inolvidables. He estado viajando por lugares muy queridos con personas que lo son mucho más. Pensando, leyendo, comprando libros. Amando, agradeciendo, extrañando. Definitivamente ha sido una temporada deliciosa. Renovando objetivos, metas, planes, proyectos. Revisando y afinando los que ya estaban en curso. Recargando baterías para este año que comienza, y que desde temprano anuncia que fácil no será.
2011 va a ser determinante para mí. Vienen cosas buenas. Decisiones importantes. Cambios. Aunque antes de empezar anunciaba tempestades, va a ser bueno. Aunque no le tengo confianza a los números impares, no sé por qué, porque no soy supersticiosa y nací en un año impar, y fue un año par uno de los más complicados de mi vida, vaya no sé quién a saber por qué no me gustan. Pero este va a ser bueno. A pesar de los sinsabores que ya comenzaron, sé que va a ser un gran año para mí. Año de matrimonios, de nacimientos más que esperados, de triunfos, de graduaciones (la mía, espero). Todo eso me invita a pensarlo como un gran año.
Cada quien lo puede convertir en lo que quiera. Todavía es una hoja en blanco en la que cada uno puede escribir su propia historia. Quedan aún 355 días con los que podemos hacer cualquier cosa, excepto desperdiciarlos.
martes, 9 de noviembre de 2010
El arte de prender el carbón de la parrilla
Creo que así como Rosa Montero escribió “Instrucciones para salvar al mundo”, alguien debería darse a la tarea de escribir un libro, guía práctica, o editar un folleto o un volante con “Instrucciones para prender el carbón de la parrilla”. A algunos les sonará a chiste, pero lograr que el carbón prenda es una de las cosas más difíciles que existe. Además, un par de horas intentando hacer que la cosa arranque sin éxito es, además de humillante, una situación que frustra a cualquiera. Bueno, al menos a mí. El domingo pasado fui protagonista de un monumental fracaso al intentar repetidas veces que el pedazo de carbón de m…prendiera, y nada. No lo logré. Hice conitos de papel periódico con aceite. Papelitos de carbón con aceite. Amontoné el carbón. Le pegué fuego directo. Cambié el carbón que se había mojado con el aceite por uno seco y nada. No lo conseguí. Fracaso total. Rotundo. Sonoro. No pude hacer que el bendito carbón hiciera el favor de prender, de ponerse rojo, de quemar, de asomar alguna candelita. Nada. No le dio la gana. No quiso ser mi amigo. Me declaró la guerra.
Como a las dos horas estábamos listos para salir a recorrer la ciudad en busca del carbón mágico ese “prende fácil” que, como todo en este país, escasea. Peor aún, contemplamos en serio la posibilidad de montar las salchichas, los chorizos y las morcillas en la parrillera eléctrica. Pero no. Desistimos. Los presentes, que esperaban con ansias su tradicional, clásica y venezolanísima choripanada, nos apabullaron con esa cara de decepción - digna del Magallanes cuando el Caracas lo aplasta en el último clásico de la temporada y se va directo a la Serie del Caribe- que pusieron al insinuárseles que no iba a oler a parrilla. Así que seguimos intentando y perdiéndole la batalla al carbón. Lo que no sabíamos en ese momento –con las franelas, la cabeza y el cuello empapados en sudor, las manos negras y la arrechera en plena ebullición- era que lo mejor estaba por venir.
De repente, así, como quien no quiere la cosa, una tía grande, y cuando digo grande quiero decir que tiene la edad que tendría mi abuela si estuviera viva, bajó al jardín y decidió que intentaría montar la parrilla. Claro, todos la vimos con cara de “ah, bueno, ok, dale, jaja” y alguno hasta pensó “sí Luis, ya está que la vas a prender. Qué crees, que somos idiotas, que no lo heos intentado todo. Sigue soñado”. Y sucedió lo que ninguno alcanzó a imaginar. Amontonó el carbón, le tiró tres bolitas de papel con aceite y ¡zas! Se hizo la luz. La vaina se comenzó a poner anaranjada. Comenzó a salir candelita. El carbón prendió. Mejor dicho: Tití prendió el carbón. Nos dejó a todos como unos soberanos pajúos. Torta en la cara. Nos demostró así, en treinta segundos, lo mucho que vale la experiencia. Nos sorprendió. Nos provocó una admiración de esa que hace que se te salga la baba. Todos quisimos ser ella en ese momento. Tomarnos fotos con ella. Conocer su secreto.
Yo hasta había pedido auxilio por el blackberry messenger “si alguien me puede enviar por esta vía una guía rápida de cómo prender el carbón se lo agradezco”. Pero nada. Mutis. Nadie respondió. Lo cierto es que la cosa prendió buenísimo. Comimos delicioso y nos estuvimos riendo toda la tarde, y toda la noche, con el cuento. Con el papelazo de no haber podido prender la parrilla y con la tremenda salvada que nos echó Tití. Recordamos muchísimo a mi hermano Eduardo, parrillero oficial de la casa y de la familia. Resuelve todo que se nos fue del país hace poco más de un mes. Y lo echamos en falta por partida doble. Porque no estuvo en el cumpleaños de Diana (mi hermana menor, que cumplía ese día 22 años y que inventó una choripanada sin comprar fósforos, ni aceite suficiente y sin preguntar siquiera si alguien sabía prender la parrilla) y porque no tuvimos quien prendiera los carbones en un santiamén. Lo cierto es que ya no está y tenemos que ver qué hacemos. O corremos o nos encaramamos. Por lo menos no nos quedamos sin comer, gracias a Tití.
Yo, por mi parte, decidí que esa vaina no me vuelve a pasar más nunca. Me voy a volver la experta más experta en prender parrillas. El terror del carbón me van a llamar de ahora en adelante. Ese papelazo más nunca, caballero. Quién dijo miedo. Sí, entendí el domingo que prender esa vaina es una arte, una ciencia, una cosa complicadísima y bien pelúa, pero puedo con eso y con todo lo que venga.
Por lo pronto, comparto con ustedes esta técnica que me envió una amiga por mensajito y que le agradezco, aunque me haya respondido cuando ya habíamos terminado de comer:
Hacer un cono con papel absorbente, colocarle carbón adentro, cerrarlo arriba y mojarlo en aceite. Antes tienes los carbones armados en forma de palitos de fogata en triángulo. Entonces una vez terminado el cono, lo metes en el medio (de los carbones) y lo prendes! y listo! Soplar con secador de pelo es súper práctico! Cuando se va consumiendo pones más carbón alrededor en la misma forma que al inicio.
Lo intentaré. Veremos si es tan facilito como suena. De no ser así, igualito encontraremos el modo y lo compartiremos por esta vía.
Como a las dos horas estábamos listos para salir a recorrer la ciudad en busca del carbón mágico ese “prende fácil” que, como todo en este país, escasea. Peor aún, contemplamos en serio la posibilidad de montar las salchichas, los chorizos y las morcillas en la parrillera eléctrica. Pero no. Desistimos. Los presentes, que esperaban con ansias su tradicional, clásica y venezolanísima choripanada, nos apabullaron con esa cara de decepción - digna del Magallanes cuando el Caracas lo aplasta en el último clásico de la temporada y se va directo a la Serie del Caribe- que pusieron al insinuárseles que no iba a oler a parrilla. Así que seguimos intentando y perdiéndole la batalla al carbón. Lo que no sabíamos en ese momento –con las franelas, la cabeza y el cuello empapados en sudor, las manos negras y la arrechera en plena ebullición- era que lo mejor estaba por venir.
De repente, así, como quien no quiere la cosa, una tía grande, y cuando digo grande quiero decir que tiene la edad que tendría mi abuela si estuviera viva, bajó al jardín y decidió que intentaría montar la parrilla. Claro, todos la vimos con cara de “ah, bueno, ok, dale, jaja” y alguno hasta pensó “sí Luis, ya está que la vas a prender. Qué crees, que somos idiotas, que no lo heos intentado todo. Sigue soñado”. Y sucedió lo que ninguno alcanzó a imaginar. Amontonó el carbón, le tiró tres bolitas de papel con aceite y ¡zas! Se hizo la luz. La vaina se comenzó a poner anaranjada. Comenzó a salir candelita. El carbón prendió. Mejor dicho: Tití prendió el carbón. Nos dejó a todos como unos soberanos pajúos. Torta en la cara. Nos demostró así, en treinta segundos, lo mucho que vale la experiencia. Nos sorprendió. Nos provocó una admiración de esa que hace que se te salga la baba. Todos quisimos ser ella en ese momento. Tomarnos fotos con ella. Conocer su secreto.
Yo hasta había pedido auxilio por el blackberry messenger “si alguien me puede enviar por esta vía una guía rápida de cómo prender el carbón se lo agradezco”. Pero nada. Mutis. Nadie respondió. Lo cierto es que la cosa prendió buenísimo. Comimos delicioso y nos estuvimos riendo toda la tarde, y toda la noche, con el cuento. Con el papelazo de no haber podido prender la parrilla y con la tremenda salvada que nos echó Tití. Recordamos muchísimo a mi hermano Eduardo, parrillero oficial de la casa y de la familia. Resuelve todo que se nos fue del país hace poco más de un mes. Y lo echamos en falta por partida doble. Porque no estuvo en el cumpleaños de Diana (mi hermana menor, que cumplía ese día 22 años y que inventó una choripanada sin comprar fósforos, ni aceite suficiente y sin preguntar siquiera si alguien sabía prender la parrilla) y porque no tuvimos quien prendiera los carbones en un santiamén. Lo cierto es que ya no está y tenemos que ver qué hacemos. O corremos o nos encaramamos. Por lo menos no nos quedamos sin comer, gracias a Tití.
Yo, por mi parte, decidí que esa vaina no me vuelve a pasar más nunca. Me voy a volver la experta más experta en prender parrillas. El terror del carbón me van a llamar de ahora en adelante. Ese papelazo más nunca, caballero. Quién dijo miedo. Sí, entendí el domingo que prender esa vaina es una arte, una ciencia, una cosa complicadísima y bien pelúa, pero puedo con eso y con todo lo que venga.
Por lo pronto, comparto con ustedes esta técnica que me envió una amiga por mensajito y que le agradezco, aunque me haya respondido cuando ya habíamos terminado de comer:
Hacer un cono con papel absorbente, colocarle carbón adentro, cerrarlo arriba y mojarlo en aceite. Antes tienes los carbones armados en forma de palitos de fogata en triángulo. Entonces una vez terminado el cono, lo metes en el medio (de los carbones) y lo prendes! y listo! Soplar con secador de pelo es súper práctico! Cuando se va consumiendo pones más carbón alrededor en la misma forma que al inicio.
Lo intentaré. Veremos si es tan facilito como suena. De no ser así, igualito encontraremos el modo y lo compartiremos por esta vía.
Mi primera carrera

El domingo participé en mi primera carrera 10K. Tenía tanto tiempo deseándolo. Tenía la impresión de que podría ser una gran experiencia, y lo fue. Estaba tan emocionada. Tan contenta. El sábado parecía una niñita chiquita justo el día antes de irse de viaje. Me costó quedarme dormida, estaba acelerada. Por fin llegó el día, me levanté tempranito, me vestí y salí. Llegué feliz. Comenzó la carrera y arranqué a trotar. Comencé a moverme entre pura gente que estaba tan contenta como yo. Pura gente amable, sonreída. Un montón de gente disfrutando lo mismo que disfrutaba yo. Gente que se paró un domingo antes de las siete de la mañana a vacilar. La pasé buenísimo. En total troté ocho kilómetros y medio y caminé uno y medio. Me fue chévere. Comprobé que el entrenamiento previo fue determinante. No me dio una vaina ni me sentí mal ni me dolió nada. Y eso que la gente inventa más vainas. Que si no comas esto o aquello antes de correr. No cenes no sé qué vaina la noche anterior. Cuidado y te descompensas. Si te tomas un red bull antes te puedes morir. Confieso que casi me asusté mientras retiraba el material el sábado. Me quedé pensando “será que esta vaina es peligrosa”. Nada que ver, ya yo venía caminando. Trotando. Entrenando, pues. Sí, entrenando. Sí, yo. Resulta que después de 31 años descubrí que disfruto muchísimo hacer ejercicio. Sudar. Eliminar toxinas. Liberar endorfinas. Es más estoy en un punto bastante fiebrúo.
Lo que sentí al cruzar la meta fue sencillamente indescriptible, algo tan bueno que dibujó de inmediato una enorme sonrisa en mi cara. Creo que en serio ha sido una de las experiencias más nota de mi vida. Superó mis expectativas. Hizo que pasara todo el día contenta. Agotada, pero feliz.
Ya me inscribí en otra que se realizará el próximo domingo. Los 10K los completé en 1:29:20 (lo que para mí es simplemente lo máximo, y eso que jamás le he parado mucho al tiempo sino a la distancia, claro, eso era antes, antes de conocer que hay una cosa que se llama TIEMPO CHIP) así que el reto del 14 de noviembre es mejorar ese tiempo. Esta vez serán 7K. Ya les contaré.
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