Tomé la decisión de terminar (o más bien empezar, o terminar de empezar) mi tesis de Maestría. En eso ando, pero pierdo tan fácil el impulso. Pasé dos semanas o más bien semana y media fajada, pero la semana pasada no hice nada y la fecha clave es 15 de diciembre. Tengo que “subirle dos” o tres o seis a las ganas, a la disciplina y a la determinación. Logro todo lo que me propongo, sé que puedo…pero me invade un desgano tan grande a veces.
Terminar esa tesis es algo que necesito a nivel personal, tengo que cerrar ese ciclo, continuar, nadie me lo pide ni me lo exige, nadie aparte de mí. Es algo en lo que pienso constantemente. Confieso que también me he paseado por la idea de dejar eso así, pero cuando pienso en la plata y el tiempo que invertí en ese postgrado, siento que me lo debo, que tengo que entregar ese requisito, agarrar mi título, quitarme ese peso de encima y sonreír. Sobre todo pesa en esa balanza el tiempo, los dos años yendo a la católica en la noche. Aquella noche tardísimo en la que salí volada del Centro Médico a la UCAB para no perder la nota de una exposición, de los dos diciembres reuniéndome y trabajando tanto. Invertí demasiado tiempo y esfuerzo. Hay que terminar esa tesis. He dicho.
lunes, 25 de octubre de 2010
martes, 21 de septiembre de 2010
Hermano
Siempre he sentido por ti una especial debilidad. Te quiero tanto. Contigo aprendí lo que significa la palabra hermano. Contigo entendí cuánto se puede amar a alguien y lo segura que me puedo sentir con alguien. Estos años han sido maravillosos y todo lo que hemos aprendido y experimentado juntos, esos golpes que también juntos hemos recibido y de los que nos hemos levantado tantas veces, esos secretos que sólo tu yo conocemos, esas risas, todo ese amor que nos hemos regalado es sólo nuestro. Hoy te veo a punto de empezar a vivir la vida en serio, te veo tan grande, tan hombre y repaso en mi memoria nuestra infancia, tus locuras, porque siempre has estado medio loco, te veo tan chiquito saltando en la cama, corriendo con un yeso por todos lados, como ibas y venías gordito y sudado, como eras de acuseto, cómo te aburrían a veces las clases de violín, sonriente, callado, trasquilado, flaco, deportista. Recuerdo cómo bailábamos cuando éramos más chamos, cómo te alcahueteé tu primera novia, lo cruel o lo patán que fuiste alguna vez conmigo, lo maravilloso que eres, el gran hermano que siempre has sido, cómo me cuidaste y cómo te dolió aquella vez en la que creíste que me perdías, cómo defiendes lo que quieres y tengo la certeza de que aunque te mudes de país, de ciudad o de planeta, nuestra familia y nuestro amor es indestructible. No hay tiempo ni distancia entre nosotros.
Sólo puedo pensar en todo lo bueno que te aguarda, en toda la dicha que aún no descorchas y en la felicidad que te espera juiciosa en tu nueva vida de casado.
Con amor,
Tu hermana mayor
Sólo puedo pensar en todo lo bueno que te aguarda, en toda la dicha que aún no descorchas y en la felicidad que te espera juiciosa en tu nueva vida de casado.
Con amor,
Tu hermana mayor
miércoles, 8 de septiembre de 2010
Esta ciudad
Estos días (muchos días a decir verdad) de descanso han sido muy provechosos. He dormido hasta que me ha provocado pararme de la cama; he puesto al día varias lecturas atrasadas; he tomado decisiones importantes –como terminar de una vez por todas mi tesis de maestría-; he puesto en orden ideas y sentimientos; me he reencontrado con el amor y lo he disfrutado a plenitud; me he reído todo lo que me hacía falta; he ido a la playa, y allí me he reencontrado con mi lugar y mi sonido favoritos; he escrito un poco; he escuchado música; he comido rico (aunque no demasiado y hasta me compré un peso, quién lo diría, no?); he conocido varios lugares nuevos; he caminado; he descubierto bares y restaurantes, heladerías, pastelerías, tiendas, parques, calles... en fin, que ha sido un verdadero descanso en el que me relajado como es debido, en el que me he tomado tiempo para mí y que además he aprovechado al máximo.
Creo que todo el mundo necesita parar un poco el trabajo y tomarse, cuando menos, una semana para descansar, para disfrutar, para flojear, para organizar ideas o asuntos pendientes, para examinar lo que está haciendo y si el modo en el que está viviendo lo hace feliz. Me gusta este lugar, me ha ido enamorando poco a poco, como se debe, con seducción y cortejo previo, sin prisa y sin presión. Si pudiera quedarme de una vez y definitivamente lo haría, pero las cosas no son ni se hacen así.
Me gusta esta ciudad, sobre todo, caminar por sus calles cuando cae la tarde. En una ciudad hay varias ciudades diferentes. Sus colores, su calidez, su paisaje, cambian según cambia el sol de posición. Es impresionante como al recorrer una ciudad al mediodía, o al hacerlo cuando empieza a ocultarse el sol, descubres dos lugares diferentes. Las luces de la ciudad le imprimen a los lugares notas, sabores, colores y vistas tan diferentes. Hasta huele diferente. Claro que el clima también varía y eso influye en la cara que muestra la ciudad, se nota -sobre todo- en la gente, gente que comienza a caminar, respirar, hablar y mirar de otro modo, gente que sonríe cuando la brisa le roza la cara, le despeina o le alza el vestido.
Sí, me encanta caminar y me encanta esta ciudad. Hay una sola cosa que no me gusta y es que aquí el mar no huele a mar. O, bueno, no huele igual que el mar de mis registros. Las olas rompen y suenan igual, los colores son maravillosos, la arena es completamente distinta –cuando no son piedras es arena negra, aunque eso no es tan grave porque se esfuerzan y en algunas playas hay arena verdadera traída del Sahara, pero no huele a mar, a sal, a salitre. Aunque tampoco es un mal de morirse, al menos por ahora.
Creo que todo el mundo necesita parar un poco el trabajo y tomarse, cuando menos, una semana para descansar, para disfrutar, para flojear, para organizar ideas o asuntos pendientes, para examinar lo que está haciendo y si el modo en el que está viviendo lo hace feliz. Me gusta este lugar, me ha ido enamorando poco a poco, como se debe, con seducción y cortejo previo, sin prisa y sin presión. Si pudiera quedarme de una vez y definitivamente lo haría, pero las cosas no son ni se hacen así.
Me gusta esta ciudad, sobre todo, caminar por sus calles cuando cae la tarde. En una ciudad hay varias ciudades diferentes. Sus colores, su calidez, su paisaje, cambian según cambia el sol de posición. Es impresionante como al recorrer una ciudad al mediodía, o al hacerlo cuando empieza a ocultarse el sol, descubres dos lugares diferentes. Las luces de la ciudad le imprimen a los lugares notas, sabores, colores y vistas tan diferentes. Hasta huele diferente. Claro que el clima también varía y eso influye en la cara que muestra la ciudad, se nota -sobre todo- en la gente, gente que comienza a caminar, respirar, hablar y mirar de otro modo, gente que sonríe cuando la brisa le roza la cara, le despeina o le alza el vestido.
Sí, me encanta caminar y me encanta esta ciudad. Hay una sola cosa que no me gusta y es que aquí el mar no huele a mar. O, bueno, no huele igual que el mar de mis registros. Las olas rompen y suenan igual, los colores son maravillosos, la arena es completamente distinta –cuando no son piedras es arena negra, aunque eso no es tan grave porque se esfuerzan y en algunas playas hay arena verdadera traída del Sahara, pero no huele a mar, a sal, a salitre. Aunque tampoco es un mal de morirse, al menos por ahora.
martes, 31 de agosto de 2010
Punto de quiebre
No sé por qué. Tal vez no haya una razón especial, o haya muchas, lo cierto es que he estado pensando mucho en el tiempo. En lo rápido que pasa. En cómo se va sin que uno se dé cuenta. En que la vida no espera a nadie y que las mejores oportunidades se presentan sólo una vez. También he pensado lo poco que me importa la edad. Estoy por cumplir 31 y me siento tan bien, tan contenta. Los 30 me cayeron de maravilla, el tema de la vejez no me perturba en lo más mínimo, pero el tiempo sí. Todo lo que quiero hacer, decir y, sobre todo, lo que quiero escribir.
Mi vida, la vida de mi familia, la de mi núcleo más cercano está a punto de cambiar. Se acerca el fin de una etapa importante, de una era, de lo que fue nuestra vida hasta ahora. Ya no seremos cuatro en la casa. Mi hermano se muda, y no de ciudad ni de estado sino de país, y se casa. Se va, y con él momentos que no volverán, risas que no sonarán en conjunto, discusiones, celebraciones, llantos que ya no compartiremos. Lo que no se hizo, lo que no se dijo, se perdió. Ya no hay vuelta de hoja. Y resulta que no me había caído la locha hasta ahora. Ahora me estoy dando cuenta de la distancia. De lo que significa realmente lo que se aproxima. Y es raro. Son sentimientos encontrados. Felicidad, alegría, tristeza y nostalgia. No sé en realidad si porque ya es un hecho tangible que llegó el momento de soltar las amarras y que cada quien haga su vida y tome su camino o porque sé que ya nada volverá a ser como antes.
Mi vida, la vida de mi familia, la de mi núcleo más cercano está a punto de cambiar. Se acerca el fin de una etapa importante, de una era, de lo que fue nuestra vida hasta ahora. Ya no seremos cuatro en la casa. Mi hermano se muda, y no de ciudad ni de estado sino de país, y se casa. Se va, y con él momentos que no volverán, risas que no sonarán en conjunto, discusiones, celebraciones, llantos que ya no compartiremos. Lo que no se hizo, lo que no se dijo, se perdió. Ya no hay vuelta de hoja. Y resulta que no me había caído la locha hasta ahora. Ahora me estoy dando cuenta de la distancia. De lo que significa realmente lo que se aproxima. Y es raro. Son sentimientos encontrados. Felicidad, alegría, tristeza y nostalgia. No sé en realidad si porque ya es un hecho tangible que llegó el momento de soltar las amarras y que cada quien haga su vida y tome su camino o porque sé que ya nada volverá a ser como antes.
viernes, 13 de agosto de 2010
Te la calas, punto.
El lunes debía abordar un avión a las 7 y 15 de la noche. Apenas llegué al aeropuerto supe que eso sería imposible. Las más de trescientas personas que tenía por delante para chequearme, en el counter de la aerolínea, me dieron señales claras de que a esa hora todavía habría gente en esa cola. Así fue, a los pocos minutos la gente comentaba que el vuelo estaba reprogramado para las 11. A las 4 de la tarde me incorporé a la fila y a las 8 estaba entregando mi maleta. Luego a la otra cola, la de la planilla de inmigración y el "pago de la diferencia por el cambio de la unidad tributaria". Y de ahí a la "colita" para pagar la tasa aeroportuaria.
Finalmente entré. Esta vez la Guardia Nacional no me molestó, no hubo preguntas interminables, revisiones absurdas ni scanner. Supongo que los funcionarias estaban reventados a esa hora. Pasé tranquila la revisión de rutina del aeropuerto, inmigración y llegué a la Puerta 16. Otro caos, otra cola. Esta vez la gente se formaba para retirar el ticket de comida, ese que que según la ley o reglamento de aeronaútica civil deben entregar las aerolíneas cuando sus vuelos presentan más de dos horas de retraso. Esa fue la peor, tanto peo para un ticketcito de 45 mil bolos para comer en "El budare express", el peor lugar de comida de la feria del terminal internacional de Maiquetía. Una cagada. Malo, malazo, malísimo. Mal comida, agotada, arrecha y más harta que nunca del país, volví a la sala de espera de la Puerta 16. Por la hora no pude comprar ni una revista ni nada, todo estaba cerrado. Me incorporé de nuevo a la espera, al retraso. Y a las 12 de la noche a la cola para abordar el avión.
La gente estaba molida, ya los niños ni lloraban y eso que había un coñazo, ya nadie se quejaba, ya nadie tenía fuerzas. Todo el mundo entró, se sentó y a dormir. Lo único que se escuchaba reiteradamente era "Santa Bárbara ya no sirve para un carajo", "Santa Bárbbara se echó a perder", "Más nunca vuelo en esta mierda". Y es verdad, Santa Barbara Airlines es una soberana porquería. No te maltratan, es verdad. Te ofrecen el mejor servicio que pueden, pero no te dan explicaciones, se retrasan sin motivo aparente y sólo a punto de despegar el piloto dice, casi en un murmullo, "ofrecemos disculpas por el retraso".
Yo escogí ese vuelo por ser directo. Porque los vuelos con escala lo vuelven a uno mierda, pero resulta que esto fue peor. No sé si en el futuro vuele de nuevo con Santa Bárbara, si darle el beneficio de la duda porque es temporada o entender que es, simplemente, una aerolínea venezolana y no es más que el reflejo de lo vueltos mierda que estamos como venezolanos y como país.
Finalmente entré. Esta vez la Guardia Nacional no me molestó, no hubo preguntas interminables, revisiones absurdas ni scanner. Supongo que los funcionarias estaban reventados a esa hora. Pasé tranquila la revisión de rutina del aeropuerto, inmigración y llegué a la Puerta 16. Otro caos, otra cola. Esta vez la gente se formaba para retirar el ticket de comida, ese que que según la ley o reglamento de aeronaútica civil deben entregar las aerolíneas cuando sus vuelos presentan más de dos horas de retraso. Esa fue la peor, tanto peo para un ticketcito de 45 mil bolos para comer en "El budare express", el peor lugar de comida de la feria del terminal internacional de Maiquetía. Una cagada. Malo, malazo, malísimo. Mal comida, agotada, arrecha y más harta que nunca del país, volví a la sala de espera de la Puerta 16. Por la hora no pude comprar ni una revista ni nada, todo estaba cerrado. Me incorporé de nuevo a la espera, al retraso. Y a las 12 de la noche a la cola para abordar el avión.
La gente estaba molida, ya los niños ni lloraban y eso que había un coñazo, ya nadie se quejaba, ya nadie tenía fuerzas. Todo el mundo entró, se sentó y a dormir. Lo único que se escuchaba reiteradamente era "Santa Bárbara ya no sirve para un carajo", "Santa Bárbbara se echó a perder", "Más nunca vuelo en esta mierda". Y es verdad, Santa Barbara Airlines es una soberana porquería. No te maltratan, es verdad. Te ofrecen el mejor servicio que pueden, pero no te dan explicaciones, se retrasan sin motivo aparente y sólo a punto de despegar el piloto dice, casi en un murmullo, "ofrecemos disculpas por el retraso".
Yo escogí ese vuelo por ser directo. Porque los vuelos con escala lo vuelven a uno mierda, pero resulta que esto fue peor. No sé si en el futuro vuele de nuevo con Santa Bárbara, si darle el beneficio de la duda porque es temporada o entender que es, simplemente, una aerolínea venezolana y no es más que el reflejo de lo vueltos mierda que estamos como venezolanos y como país.
jueves, 5 de agosto de 2010
Cumpleaños sin ti
Ayer fue el segundo cumpleaños que no celebramos. Hubieses cumplido 78 años. Hubiese sido una tarde feliz y familiar. Pensé mucho en ti, recé y, por supuesto, te llevé flores. Estás tan viva en mi corazón. Gracias por tanto amor. Por haber llenado mi vida de tantos recuerdos maravillosos. Pienso mucho en tus manos, sobre todo cuando me pongo tu anillo. Siempre pienso en ti, pero no desde el dolor sino desde el amor. Y sí, aunque sé que es sólo cuestión de tiempo, porque es lo único que nos separa, ayer estuve todo el día pensando en que ojalá un abrazo más fuera posible, sólo uno.
viernes, 2 de julio de 2010
Toda una experiencia
De vez en cuando me gusta ir al cine sola. Generalmente lo hago entre semana, y no es que lo haga demasiado, pero ayer lo hice. Tenía pendiente “Sex and the city 2” y en vista de que la amiga que me llamó hace algunas semanas para hacerme prometer que la veríamos juntas no dio más señales de vida, me escapé de un día movido y estresado para evitar que la quitaran de cartelera. Así que a las 3 y 30 de la tarde huí de la oficina con destino al Centro Comercial Tolón, cruzando los dedos para llegar a la función de las 4 y 40. Contra todo pronóstico llegué y luego de una cola gigantesca compré mi entrada y bajé a la sala “privé”, a la que nunca había ido y juro que nunca volveré.
La cosa arrancó mal. Había un gentío esperando con su entrada en la mano y desesperado por retirar su combo de cotufas (incluido en la entrada) y ni la sala ni la “caramelería” estaban abiertas. Diez para las cinco, cinco y nada. Algunos empezaron a decir que la función se había suspendido. Otros que a los de los de CINEX se les olvidó, pero lo cierto es que la sala seguía cerrada. Por fin como a las 5 y 10 una señora con cara de pocos amigos abrió la sala y a los reclamos sólo respondía “esto siempre pasa, es normal”. Uno vez adentro comenzó lo peor.
Creo que tenía mucho tiempo sin ir un jueves al cine a esa hora. Ahí estaba yo, con mis cotufas, mi refresco y mis almendras caramelizadas lista para ver mi película. La verdad poco me importó el retraso. La sala no me gustó, me pareció pequeña, apretujada, no sé. Me compré un sitio en la penúltima fila y pasaron muy pocos minutos para notar que la última estaba completamente ocupada por unas adolescentes descerebradas que, para rematar, creo que salían sin sus padres por primera vez. Empezaron con gritos y risas y actitudes absurdas en cuanto se sentaron. Reclamaban en tono de chanza “esto cuándo va a empezar, mi papá me viene a buscar y no voy a estar lista”. Otra dijo “me va a venir a buscar Armando”, y otra más idiota “Armando? Armando qué”. Y de pronto pasó algo que me dio mucha risa, casi no lo podía creer, una muchacha se disponía a salir de la sala y justo cuando pasaba frente a la pantalla, una de mis compañeras de sala le gritó desde la última fila “¡chama yo tengo esa falda, la compraste en ZARA, ¿verdad?!”. Y la que salía, que seguramente en ese momento consideró la idea de no regresar, le hizo un gesto asintiendo mientras un empleado de CINEX intentaba calmar a la audiencia y trataba de explicar que la función no arrancaba “porque el proyeccionista no ha llegado, pero ya viene”.
El hombre, finalmente, llegó. La película empezó y aunque había rayas extrañas en la pantalla la cosa se veía y se escuchaba bien. Pero a cada rato griticos y comentarios de las de atrás interrumpían la función. De pronto entraron unos amigos de ellas y la cosa se puso peor. No habían visto la serie ni la primera película, no conocían a los personajes ni la historia y estaban realmente aburridos. Yo intentaba concentrarme en la película o en las cotufas o en las almendras, y a ratos lo lograba. Pero algún “chamo, aquí uno se puede quitar los zapatos, ¿verdad?”, me interrumpía. Pero más que molestia o rabia de verdad me desconcertó que a esa edad las personas puedan ser tan tontas. Porque no daban risa sino pena. Si alguna de ellas hubiera sido mi hija, o mi hermana o mi prima, me hubiera sentido avergonzada. Si esa es la generación de relevo estamos jodidos.
Igual la pase bien conmigo, me encantó la película, bueno y la serie y la película anterior, pero ese es otro tema. Entendí por qué fue que dejé de ir a esas salas y ahora voy siempre al mismo lugar cuando voy al cine, pero esa no la estaban dando y no la quería ver quemada. Descubrí que ir a una función matinée es lo peor que le puede pasar a un ser humano y que seguramente la hubiera pasado mejor viendo “Toy Story 3” en una sala repleta de niños de cuatro años, seguramente mucho más inteligentes y divertidos.
La cosa arrancó mal. Había un gentío esperando con su entrada en la mano y desesperado por retirar su combo de cotufas (incluido en la entrada) y ni la sala ni la “caramelería” estaban abiertas. Diez para las cinco, cinco y nada. Algunos empezaron a decir que la función se había suspendido. Otros que a los de los de CINEX se les olvidó, pero lo cierto es que la sala seguía cerrada. Por fin como a las 5 y 10 una señora con cara de pocos amigos abrió la sala y a los reclamos sólo respondía “esto siempre pasa, es normal”. Uno vez adentro comenzó lo peor.
Creo que tenía mucho tiempo sin ir un jueves al cine a esa hora. Ahí estaba yo, con mis cotufas, mi refresco y mis almendras caramelizadas lista para ver mi película. La verdad poco me importó el retraso. La sala no me gustó, me pareció pequeña, apretujada, no sé. Me compré un sitio en la penúltima fila y pasaron muy pocos minutos para notar que la última estaba completamente ocupada por unas adolescentes descerebradas que, para rematar, creo que salían sin sus padres por primera vez. Empezaron con gritos y risas y actitudes absurdas en cuanto se sentaron. Reclamaban en tono de chanza “esto cuándo va a empezar, mi papá me viene a buscar y no voy a estar lista”. Otra dijo “me va a venir a buscar Armando”, y otra más idiota “Armando? Armando qué”. Y de pronto pasó algo que me dio mucha risa, casi no lo podía creer, una muchacha se disponía a salir de la sala y justo cuando pasaba frente a la pantalla, una de mis compañeras de sala le gritó desde la última fila “¡chama yo tengo esa falda, la compraste en ZARA, ¿verdad?!”. Y la que salía, que seguramente en ese momento consideró la idea de no regresar, le hizo un gesto asintiendo mientras un empleado de CINEX intentaba calmar a la audiencia y trataba de explicar que la función no arrancaba “porque el proyeccionista no ha llegado, pero ya viene”.
El hombre, finalmente, llegó. La película empezó y aunque había rayas extrañas en la pantalla la cosa se veía y se escuchaba bien. Pero a cada rato griticos y comentarios de las de atrás interrumpían la función. De pronto entraron unos amigos de ellas y la cosa se puso peor. No habían visto la serie ni la primera película, no conocían a los personajes ni la historia y estaban realmente aburridos. Yo intentaba concentrarme en la película o en las cotufas o en las almendras, y a ratos lo lograba. Pero algún “chamo, aquí uno se puede quitar los zapatos, ¿verdad?”, me interrumpía. Pero más que molestia o rabia de verdad me desconcertó que a esa edad las personas puedan ser tan tontas. Porque no daban risa sino pena. Si alguna de ellas hubiera sido mi hija, o mi hermana o mi prima, me hubiera sentido avergonzada. Si esa es la generación de relevo estamos jodidos.
Igual la pase bien conmigo, me encantó la película, bueno y la serie y la película anterior, pero ese es otro tema. Entendí por qué fue que dejé de ir a esas salas y ahora voy siempre al mismo lugar cuando voy al cine, pero esa no la estaban dando y no la quería ver quemada. Descubrí que ir a una función matinée es lo peor que le puede pasar a un ser humano y que seguramente la hubiera pasado mejor viendo “Toy Story 3” en una sala repleta de niños de cuatro años, seguramente mucho más inteligentes y divertidos.
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