martes, 22 de junio de 2010

El pasado

He estado pensando mucho en el pasado. En cómo nos quedamos enganchados con asuntos para los que simplemente no hay respuestas, con situaciones que no podemos ni podremos cambiar. Perdemos tanto tiempo pensando qué hubiera pasado si las cosas hubieran sido diferentes, si hubieran comenzado o terminado de otro modo. Si hubiéramos hablado o hubiéramos callado. Y sucede que lo que pasó, pasó y no se puede cambiar. Las cosas, la relaciones, la vida tiene sus ciclos. Hay cosas que están destinadas a durar mucho tiempo, otras que nos dejan o nos quitan algo y se acaban, otras que nos marcan de por vida aunque hayan durado muy poco tiempo y otras que aunque nos acompañen toda la vida no significan nada para nosotros. Las relaciones se acaban. La vida se extingue. Y los sentimientos son los únicos que se quedan con nosotros. El tiempo todo lo pone en perspectiva. El rencor sólo le hace daño a quien lo siente y, francamente, creo que eso de “pagar con la misma moneda” es la afirmación más absurda del mundo.

Lucía

Anoche, después de seguir el programa español “Quiero cantar” por varias semanas y con mi favorita en el corazón, fue la final y Lucía ganó. Ganó y sentí que los otros participantes, el presentador y el público también habíamos ganado. Una niña tan pequeña (8 años) con una voz prodigiosa y una dulzura y humildad que son más grandes que ella, nos iluminó un poquito la vida a todos durante las últimas siete semanas. Lucía me conectó con emociones intensas, con deseos de ser mejor, con una ternura infantil que me conmovió hasta las lágrimas más de una vez. Y sentí su triunfo como mío.

Tengo ganas de decirle a todo el mundo que, si no la vio, que descargue sus actuaciones por internet. Que no se la pierdan. En verdad siento que haber descubierto ese programa me conectó con cosas súper positivas, pero sobre todo con sentimientos y emociones.

Ver a todos esos niños participar con determinación, ilusión, ganas de comerse el mundo y que no se asomara por ahí ni un rayito de envidia o tensión, sino admiración pura entre todos, me hace pensar que sí se puede. Que una vida, el mundo, el país…cualquier cosa, puede cambiar. Que podemos ser mejores, pero no mejores que los demás, sino como dice Rafa Nadal, mejor de lo que somos (o no somos).

Para ti es este post Lucía. Para felicitarte y celebrar contigo. Sé que en unos años vamos a saber de ti. Tienes el mundo por delante y estoy segura de que te lo vas a comer. Yo, por lo pronto, me quedo con esta maravillosa sensación que me regalaste y con la ilusión de que si algún día tengo una hija sea tan especial como tú.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Casi un cumpleaños

Hoy, hace un año, resolví darle un giro completo a mi vida. Después de mil intentos, de pensar que era una persona sin fuerza de voluntad, a punto de tirar la toalla, tomé una decisión que ha impactado positivamente todos los aspectos de mi vida. Decidí pelearme a muerte con el sobrepeso y ganarle la guerra que hace tantos años me declaró. Así que arranqué a correr una carrera, en la que ya llevo doce meses, y que me ha dado unos resultados extraordinarios. Comencé un estilo de vida nueva. O mejor dicho, una nueva vida.

En 365 días he perdido 30 kilos y en el camino he descubierto a una persona decidida, fuerte, tenaz, y con una fuerza de voluntad que me ha impresionado gratamente. Lo mejor de este proceso ha sido la seguridad que me ha brindado. Ahora sé que soy capaz de lograr todo lo que me proponga. Que no hay imposibles. Y que para alcanzar una meta, lo más importante es tenerla clara y ser constante.

Creo que este es uno de los logros más importantes de mi vida. Y no tiene que ver con nadie más que conmigo. La satisfacción personal es inmensa. Me siento orgullosa de los resultados. De no haber desmayado. De todo lo que he aprendido.

Como la voluntad, la paciencia es otra virtud que nunca fue mía hasta ahora. Y es otra de las grandes lecciones del último año (que por cierto no ha sido nada fácil, aunque quién dijo que la vida lo era?).

Así que ya saben cual es el secreto del éxito: determinación, voluntad y paciencia.

P.D.: Gracias infinitas al Dr. José Rafael Martins por enseñarme el camino, por demostrarme que la cosa no es dejar de comer sino hacerlo correctamente. Por cierto doc, ya le metí un pelo de ejercicios a la cosa. Voy camino a los 40.

martes, 18 de mayo de 2010

Días...y días

Hay días en lo que provoca mandarlo todo a la mierda. Días en los que sentimos que todo va mal. Días en los que no nos encontramos. En los que sentimos que perdimos el rumbo. Que no nos gusta nuestro trabajo. Días en los que nos parece que estamos viviendo una vida que no es la nuestra. Que hemos tomado las decisiones equivocadas. Es normal. No todo puede ser siempre un sol radiante. Lo importante es no quedarse pegado y regresar al camino. A los proyectos. A los afectos. Recuperar las ganas. En normal tener un mal día, pero no una mala vida.

Creo que entregarnos a las cosas que nos gustan es una de las claves. Bloquear las malas vibras. Hacer oídos sordos a la gente ponzoñosa que no hace nada con su vida, pero critica todo lo que hacen los demás. Y no perder la brújula. Aunque a veces nos salgamos un poco de la vía, si no perdemos de vista nuestros objetivo, nuestras metas, ese lugar claramente identificado al que queremos llegar, entonces siempre tendremos oxígeno y fuerzas para resistir los tropiezos. Para levantarnos, sacudirnos, y echarnos a andar de nuevo.

miércoles, 28 de abril de 2010

A lo hecho, pecho

Estos días me he sentido un poco rara. Y es que en las recientes elecciones primarias, celebradas por la oposición, aposté desde el principio por la candidatura de María Corina Machado y también tuve clarísimo, todo el tiempo, que no votaría por Ricardo Sánchez. A la primera la admiro por su trayectoria, por sus logros académicos, por su perseverancia y su entrega para defender la democracia venezolana y, por qué no decirlo, porque es mujer, una digna representante de la mujer venezolana. Al segundo lo respeto por su aporte al movimiento estudiantil, pero creo que la gente debe prepararse, estudiar y ganar experiencia en otros cargos antes de aspirar ser diputado de la Nación. Además, como ucevista, creo que desde la FCU hizo más por su proyecto político individual que por los estudiantes y no puedo confiar en que en la AN tendrá un comportamiento diferente. Además, tal vez por su juventud, se conduce con una arrogancia que quizá le queda bien a un estudiante irreverente pero no a un diputado. Así que desde que anunciaron que iban juntos en una misma fórmula algo en mi cambió, me sentí decepcionada, desencantada y hasta traicionada por la candidata en la que había depositado mi confianza y hasta le estaba haciendo campaña entre familia, conocidos y amigos. No entendí en ese momento, ni lo entiendo ahora, que la persona que punteaba en las encuestas se uniera con el que iba de último (que además era ese por el que yo estaba decidida a no votar). Pasaron los días y decidí optar por otro candidato. Así que el domingo voté por ese que quedó de segundo en la contienda. Pero ya no había emoción. Las elecciones se me convirtieron en una simple obligación. Pero creo que igual quería que ganara, sólo para que el otro perdiera.

Sin embargo, cuando anunciaron los resultados me alegré. Aunque no pude exteriorizarlo porque algo en mi se había apagado con respecto a ese tema. Pero, cuando escuché sus primeras declaraciones después de la victoria, y las que han venido después, comprendí que me había equivocado. Que me dejé llevar por el calor del momento y no por la razón.

He debido seguir lo que pensaba y lo que sentía. Me sabe mal este guayabo postelectoral, porque ganó la que yo en verdad quería pero a la que no le di mi voto. No termino de entender el arte de la negociación en política. No me gusta la política. Pero en el fondo me alegro de que haya ganado María Corina. Y el 26S cuenta con mi voto.

miércoles, 21 de abril de 2010

¿Despertar?

Hoy se respira un aire diferente en la UCV. Lentamente y poco a poco comienzan a alejarse los aromas de indefensión, de pasividad, de terror, de sometimiento. La comunidad universitaria comienza a entender que de uno en uno se va creando la multitud y que los esfuerzos individuales no son sólo necesarios, sino fundamentales. La suma de voluntades, de voces, de acciones nos convierte en una masa gigantesca, poderosa, indestructible para combatir a esos pocos de siempre que intentan imponer la violencia.

Lo que pasó hoy en el Aula Magna no fue sólo contundente, sino hermoso. La apertura del “Año Bicentenario Ucevista” quiso ser opacado por una notable minoría de estudiantes que a leguas se ve que no sólo están enfurecidos y enguerrillados con la Universidad, con la Rectora, con la “burguesía”, sino que están peleados con la vida, con el país y con ellos mismos. Un grupito pequeño que parece no entender que es posible vivir en libertad, en democracia y que la tolerancia existe aunque ellos no la conozcan, como siempre, quiso poner la nota discordante. Pero resulta que el resto del público asistente, un nutrido grupo de profesores, estudiantes, autoridades, empleados o público en general que simplemente quiere al país y está conectado con la UCV porque allí estudio, o estudió su hijo o ahí le hubiera gustado estudiar, pues no se la caló más y levantó su voz y defendió su cosa.

Fue especialmente conmovedor cuando, ya derrotado, el minúsculo grupete intentaba seguir molestando y gritando e insultando y la Orquesta Universitaria y el Orfeón comenzaron a entonar las notas del “Himno Universitario” y todos los que estábamos ahí los acompañamos.

Me alegro de haber estado ahí, de haber sido testigo del despertar y protagonista de la defensa de la Universidad en la que, lo digo con mucho orgullo, estudié y ahora trabajo.

Comenzó el principio del fin de la violencia, de los abusos caprichosos y de los ataques porque sí.

Viva la UCV libre, autónoma, democrática y plural.

sábado, 10 de abril de 2010

Carta a mi abuela

Esta es la carta que envié al concurso Cartas de amor de Mont Blanc. No quedé entre los finalistas, pero igual jugó un papel importante en mi proceso de "cierre del dolor". Fue algo así como el punto final de la desesperación. Un ejercicio muy positivo. No es lo primero que le escribo desde que partió y quizás la escribí más para mí que para el concurso, pero igual quiero compartirla con ustedes.


Al principio contaba los días. Y es que esos fueron los días más amargos de mi vida. En ese momento todo estaba peor, confuso y revuelto. Me sentía perdida y lloraba. Y pasaba noches en vela y veía fotos y compraba flores. Luego me fui de viaje, y la pasé bien, y los días estaban estupendos, mucho calor y un sol radiante, pero las noches eran otra cosa. Me faltaba el aliento y el sueño, y hasta la fuerza para respirar se me perdía a ratos. Cómo lloré en ese viaje. Lloré en Madrid. Mi llanto se fundió con el mar en Barcelona. Lloré mi vida entera. Recuerdo que en el avión, cuando volvía de Londres, las lágrimas me sorprendieron en cuanto despegamos y, aunque hice intentos vanos por no llamar la atención, una aeromoza se me acercó para averiguar qué me pasaba y me preguntó si podía hacer algo por mí y yo le dije que no, que tranquila, que gracias, que mi abuela acababa de morir y que no había nada que se pudiera hacer. Ella me miró, y en sus ojos descubrí que entendía perfectamente lo que eso significaba. Lloré tanto y por tanto tiempo. Tenía el alma desgarrada, el corazón destruido y más de una vez desee irme contigo. No sólo me dolía haber perdido un pedazo de mi vida, a la persona que más he querido, lo más duro fue despedirme de quien más me ha querido. Eso me sigue jodiendo tanto. Pero la vida pasa, todo pasa, el dolor se transforma, aunque nunca se extingue, no se va, te habita para siempre. Pero poco a poco fue regresando el aire y las ganas y la fuerza y ya la vida no duele tanto. Y aunque las noches siguen siendo terribles, a veces hasta consigo dormir. Ya respirar no me duele. Ya recordar no me duele. Ya no me reprocho nada, ya no me doy latigazos ni me recrimino cosas. Sé que te di todo lo que tenía para dar. No me quedaron cuentas pendientes contigo. Ahora hago un esfuerzo enorme por no olvidar tu olor ni tu voz ni tu risa. Pienso en ti siempre, todos los días. Hablo contigo, te cuento, te doy las gracias. Y uso a menudo tu anillo, ese que tanto querías darme y que fue tan difícil sacar de tu dedo. Qué bellas eran tus manos, María. Qué suaves tus caricias en mi pelo. Cada vez que algo va mal, cierro los ojos y te veo. Yo sé que estás ahí, aunque no pueda tocarte. Te siento cerquita aunque no pueda abrazarte. Siempre recuerdo aquella tarde de domingo, cuando estando en tu casa mi mamá, tú y yo, de pronto comenzamos a reírnos como dos niñas pequeñas (cómo te reías con mis vainas, y aunque odiabas que te “tomara el pelo” cómo nos divertíamos) y en un momento equis no sé cómo ni por qué, fue así, de pronto, tomaste mi mano, me miraste, me tocaste la cara y me pediste que te recordara así. Que no sufriera. Que el momento se acercaba. Que me quedara con esa imagen congelada. Que el amor era eso, y que nuestra historia estaba llena de amor. Así que me quedo con eso. Me quedo con mis viajes al pasado, me conformo con verte en mis sueños hasta que volvamos a encontrarnos.

Hasta entonces “mi abuela”,

M.