jueves, 5 de agosto de 2010
Cumpleaños sin ti
Ayer fue el segundo cumpleaños que no celebramos. Hubieses cumplido 78 años. Hubiese sido una tarde feliz y familiar. Pensé mucho en ti, recé y, por supuesto, te llevé flores. Estás tan viva en mi corazón. Gracias por tanto amor. Por haber llenado mi vida de tantos recuerdos maravillosos. Pienso mucho en tus manos, sobre todo cuando me pongo tu anillo. Siempre pienso en ti, pero no desde el dolor sino desde el amor. Y sí, aunque sé que es sólo cuestión de tiempo, porque es lo único que nos separa, ayer estuve todo el día pensando en que ojalá un abrazo más fuera posible, sólo uno.
viernes, 2 de julio de 2010
Toda una experiencia
De vez en cuando me gusta ir al cine sola. Generalmente lo hago entre semana, y no es que lo haga demasiado, pero ayer lo hice. Tenía pendiente “Sex and the city 2” y en vista de que la amiga que me llamó hace algunas semanas para hacerme prometer que la veríamos juntas no dio más señales de vida, me escapé de un día movido y estresado para evitar que la quitaran de cartelera. Así que a las 3 y 30 de la tarde huí de la oficina con destino al Centro Comercial Tolón, cruzando los dedos para llegar a la función de las 4 y 40. Contra todo pronóstico llegué y luego de una cola gigantesca compré mi entrada y bajé a la sala “privé”, a la que nunca había ido y juro que nunca volveré.
La cosa arrancó mal. Había un gentío esperando con su entrada en la mano y desesperado por retirar su combo de cotufas (incluido en la entrada) y ni la sala ni la “caramelería” estaban abiertas. Diez para las cinco, cinco y nada. Algunos empezaron a decir que la función se había suspendido. Otros que a los de los de CINEX se les olvidó, pero lo cierto es que la sala seguía cerrada. Por fin como a las 5 y 10 una señora con cara de pocos amigos abrió la sala y a los reclamos sólo respondía “esto siempre pasa, es normal”. Uno vez adentro comenzó lo peor.
Creo que tenía mucho tiempo sin ir un jueves al cine a esa hora. Ahí estaba yo, con mis cotufas, mi refresco y mis almendras caramelizadas lista para ver mi película. La verdad poco me importó el retraso. La sala no me gustó, me pareció pequeña, apretujada, no sé. Me compré un sitio en la penúltima fila y pasaron muy pocos minutos para notar que la última estaba completamente ocupada por unas adolescentes descerebradas que, para rematar, creo que salían sin sus padres por primera vez. Empezaron con gritos y risas y actitudes absurdas en cuanto se sentaron. Reclamaban en tono de chanza “esto cuándo va a empezar, mi papá me viene a buscar y no voy a estar lista”. Otra dijo “me va a venir a buscar Armando”, y otra más idiota “Armando? Armando qué”. Y de pronto pasó algo que me dio mucha risa, casi no lo podía creer, una muchacha se disponía a salir de la sala y justo cuando pasaba frente a la pantalla, una de mis compañeras de sala le gritó desde la última fila “¡chama yo tengo esa falda, la compraste en ZARA, ¿verdad?!”. Y la que salía, que seguramente en ese momento consideró la idea de no regresar, le hizo un gesto asintiendo mientras un empleado de CINEX intentaba calmar a la audiencia y trataba de explicar que la función no arrancaba “porque el proyeccionista no ha llegado, pero ya viene”.
El hombre, finalmente, llegó. La película empezó y aunque había rayas extrañas en la pantalla la cosa se veía y se escuchaba bien. Pero a cada rato griticos y comentarios de las de atrás interrumpían la función. De pronto entraron unos amigos de ellas y la cosa se puso peor. No habían visto la serie ni la primera película, no conocían a los personajes ni la historia y estaban realmente aburridos. Yo intentaba concentrarme en la película o en las cotufas o en las almendras, y a ratos lo lograba. Pero algún “chamo, aquí uno se puede quitar los zapatos, ¿verdad?”, me interrumpía. Pero más que molestia o rabia de verdad me desconcertó que a esa edad las personas puedan ser tan tontas. Porque no daban risa sino pena. Si alguna de ellas hubiera sido mi hija, o mi hermana o mi prima, me hubiera sentido avergonzada. Si esa es la generación de relevo estamos jodidos.
Igual la pase bien conmigo, me encantó la película, bueno y la serie y la película anterior, pero ese es otro tema. Entendí por qué fue que dejé de ir a esas salas y ahora voy siempre al mismo lugar cuando voy al cine, pero esa no la estaban dando y no la quería ver quemada. Descubrí que ir a una función matinée es lo peor que le puede pasar a un ser humano y que seguramente la hubiera pasado mejor viendo “Toy Story 3” en una sala repleta de niños de cuatro años, seguramente mucho más inteligentes y divertidos.
La cosa arrancó mal. Había un gentío esperando con su entrada en la mano y desesperado por retirar su combo de cotufas (incluido en la entrada) y ni la sala ni la “caramelería” estaban abiertas. Diez para las cinco, cinco y nada. Algunos empezaron a decir que la función se había suspendido. Otros que a los de los de CINEX se les olvidó, pero lo cierto es que la sala seguía cerrada. Por fin como a las 5 y 10 una señora con cara de pocos amigos abrió la sala y a los reclamos sólo respondía “esto siempre pasa, es normal”. Uno vez adentro comenzó lo peor.
Creo que tenía mucho tiempo sin ir un jueves al cine a esa hora. Ahí estaba yo, con mis cotufas, mi refresco y mis almendras caramelizadas lista para ver mi película. La verdad poco me importó el retraso. La sala no me gustó, me pareció pequeña, apretujada, no sé. Me compré un sitio en la penúltima fila y pasaron muy pocos minutos para notar que la última estaba completamente ocupada por unas adolescentes descerebradas que, para rematar, creo que salían sin sus padres por primera vez. Empezaron con gritos y risas y actitudes absurdas en cuanto se sentaron. Reclamaban en tono de chanza “esto cuándo va a empezar, mi papá me viene a buscar y no voy a estar lista”. Otra dijo “me va a venir a buscar Armando”, y otra más idiota “Armando? Armando qué”. Y de pronto pasó algo que me dio mucha risa, casi no lo podía creer, una muchacha se disponía a salir de la sala y justo cuando pasaba frente a la pantalla, una de mis compañeras de sala le gritó desde la última fila “¡chama yo tengo esa falda, la compraste en ZARA, ¿verdad?!”. Y la que salía, que seguramente en ese momento consideró la idea de no regresar, le hizo un gesto asintiendo mientras un empleado de CINEX intentaba calmar a la audiencia y trataba de explicar que la función no arrancaba “porque el proyeccionista no ha llegado, pero ya viene”.
El hombre, finalmente, llegó. La película empezó y aunque había rayas extrañas en la pantalla la cosa se veía y se escuchaba bien. Pero a cada rato griticos y comentarios de las de atrás interrumpían la función. De pronto entraron unos amigos de ellas y la cosa se puso peor. No habían visto la serie ni la primera película, no conocían a los personajes ni la historia y estaban realmente aburridos. Yo intentaba concentrarme en la película o en las cotufas o en las almendras, y a ratos lo lograba. Pero algún “chamo, aquí uno se puede quitar los zapatos, ¿verdad?”, me interrumpía. Pero más que molestia o rabia de verdad me desconcertó que a esa edad las personas puedan ser tan tontas. Porque no daban risa sino pena. Si alguna de ellas hubiera sido mi hija, o mi hermana o mi prima, me hubiera sentido avergonzada. Si esa es la generación de relevo estamos jodidos.
Igual la pase bien conmigo, me encantó la película, bueno y la serie y la película anterior, pero ese es otro tema. Entendí por qué fue que dejé de ir a esas salas y ahora voy siempre al mismo lugar cuando voy al cine, pero esa no la estaban dando y no la quería ver quemada. Descubrí que ir a una función matinée es lo peor que le puede pasar a un ser humano y que seguramente la hubiera pasado mejor viendo “Toy Story 3” en una sala repleta de niños de cuatro años, seguramente mucho más inteligentes y divertidos.
jueves, 24 de junio de 2010
730 días. Dos años
Hoy se cumplieron dos años del peor día de mi vida. Del más triste. Del más temido. Del que no quería que llegara nunca. Del que me abrió esa gran herida en el corazón, en el alma. De ese que tantas veces imaginé y que fue peor de lo que pensé que podría ser. De ese que me robó tantas noches de sueño y que a veces creo se llevó todas mis lágrimas. Pero hoy no fue un día triste. Hoy no lloré. Hoy te recordé bonito, te llevé flores, cerré los ojos y te abracé. Hoy fue un día especial. Familiar. Tranquilo. Hoy el día fue igualito a ti. Hoy me di cuenta de que tengo mucho tiempo sin escuchar tu voz. De que el tiempo vuela. De que en 730 días cabe una vida, pero que rápido pasan.
martes, 22 de junio de 2010
El pasado
He estado pensando mucho en el pasado. En cómo nos quedamos enganchados con asuntos para los que simplemente no hay respuestas, con situaciones que no podemos ni podremos cambiar. Perdemos tanto tiempo pensando qué hubiera pasado si las cosas hubieran sido diferentes, si hubieran comenzado o terminado de otro modo. Si hubiéramos hablado o hubiéramos callado. Y sucede que lo que pasó, pasó y no se puede cambiar. Las cosas, la relaciones, la vida tiene sus ciclos. Hay cosas que están destinadas a durar mucho tiempo, otras que nos dejan o nos quitan algo y se acaban, otras que nos marcan de por vida aunque hayan durado muy poco tiempo y otras que aunque nos acompañen toda la vida no significan nada para nosotros. Las relaciones se acaban. La vida se extingue. Y los sentimientos son los únicos que se quedan con nosotros. El tiempo todo lo pone en perspectiva. El rencor sólo le hace daño a quien lo siente y, francamente, creo que eso de “pagar con la misma moneda” es la afirmación más absurda del mundo.
Lucía
Anoche, después de seguir el programa español “Quiero cantar” por varias semanas y con mi favorita en el corazón, fue la final y Lucía ganó. Ganó y sentí que los otros participantes, el presentador y el público también habíamos ganado. Una niña tan pequeña (8 años) con una voz prodigiosa y una dulzura y humildad que son más grandes que ella, nos iluminó un poquito la vida a todos durante las últimas siete semanas. Lucía me conectó con emociones intensas, con deseos de ser mejor, con una ternura infantil que me conmovió hasta las lágrimas más de una vez. Y sentí su triunfo como mío.
Tengo ganas de decirle a todo el mundo que, si no la vio, que descargue sus actuaciones por internet. Que no se la pierdan. En verdad siento que haber descubierto ese programa me conectó con cosas súper positivas, pero sobre todo con sentimientos y emociones.
Ver a todos esos niños participar con determinación, ilusión, ganas de comerse el mundo y que no se asomara por ahí ni un rayito de envidia o tensión, sino admiración pura entre todos, me hace pensar que sí se puede. Que una vida, el mundo, el país…cualquier cosa, puede cambiar. Que podemos ser mejores, pero no mejores que los demás, sino como dice Rafa Nadal, mejor de lo que somos (o no somos).
Para ti es este post Lucía. Para felicitarte y celebrar contigo. Sé que en unos años vamos a saber de ti. Tienes el mundo por delante y estoy segura de que te lo vas a comer. Yo, por lo pronto, me quedo con esta maravillosa sensación que me regalaste y con la ilusión de que si algún día tengo una hija sea tan especial como tú.
Tengo ganas de decirle a todo el mundo que, si no la vio, que descargue sus actuaciones por internet. Que no se la pierdan. En verdad siento que haber descubierto ese programa me conectó con cosas súper positivas, pero sobre todo con sentimientos y emociones.
Ver a todos esos niños participar con determinación, ilusión, ganas de comerse el mundo y que no se asomara por ahí ni un rayito de envidia o tensión, sino admiración pura entre todos, me hace pensar que sí se puede. Que una vida, el mundo, el país…cualquier cosa, puede cambiar. Que podemos ser mejores, pero no mejores que los demás, sino como dice Rafa Nadal, mejor de lo que somos (o no somos).
Para ti es este post Lucía. Para felicitarte y celebrar contigo. Sé que en unos años vamos a saber de ti. Tienes el mundo por delante y estoy segura de que te lo vas a comer. Yo, por lo pronto, me quedo con esta maravillosa sensación que me regalaste y con la ilusión de que si algún día tengo una hija sea tan especial como tú.
miércoles, 19 de mayo de 2010
Casi un cumpleaños
Hoy, hace un año, resolví darle un giro completo a mi vida. Después de mil intentos, de pensar que era una persona sin fuerza de voluntad, a punto de tirar la toalla, tomé una decisión que ha impactado positivamente todos los aspectos de mi vida. Decidí pelearme a muerte con el sobrepeso y ganarle la guerra que hace tantos años me declaró. Así que arranqué a correr una carrera, en la que ya llevo doce meses, y que me ha dado unos resultados extraordinarios. Comencé un estilo de vida nueva. O mejor dicho, una nueva vida.
En 365 días he perdido 30 kilos y en el camino he descubierto a una persona decidida, fuerte, tenaz, y con una fuerza de voluntad que me ha impresionado gratamente. Lo mejor de este proceso ha sido la seguridad que me ha brindado. Ahora sé que soy capaz de lograr todo lo que me proponga. Que no hay imposibles. Y que para alcanzar una meta, lo más importante es tenerla clara y ser constante.
Creo que este es uno de los logros más importantes de mi vida. Y no tiene que ver con nadie más que conmigo. La satisfacción personal es inmensa. Me siento orgullosa de los resultados. De no haber desmayado. De todo lo que he aprendido.
Como la voluntad, la paciencia es otra virtud que nunca fue mía hasta ahora. Y es otra de las grandes lecciones del último año (que por cierto no ha sido nada fácil, aunque quién dijo que la vida lo era?).
Así que ya saben cual es el secreto del éxito: determinación, voluntad y paciencia.
P.D.: Gracias infinitas al Dr. José Rafael Martins por enseñarme el camino, por demostrarme que la cosa no es dejar de comer sino hacerlo correctamente. Por cierto doc, ya le metí un pelo de ejercicios a la cosa. Voy camino a los 40.
En 365 días he perdido 30 kilos y en el camino he descubierto a una persona decidida, fuerte, tenaz, y con una fuerza de voluntad que me ha impresionado gratamente. Lo mejor de este proceso ha sido la seguridad que me ha brindado. Ahora sé que soy capaz de lograr todo lo que me proponga. Que no hay imposibles. Y que para alcanzar una meta, lo más importante es tenerla clara y ser constante.
Creo que este es uno de los logros más importantes de mi vida. Y no tiene que ver con nadie más que conmigo. La satisfacción personal es inmensa. Me siento orgullosa de los resultados. De no haber desmayado. De todo lo que he aprendido.
Como la voluntad, la paciencia es otra virtud que nunca fue mía hasta ahora. Y es otra de las grandes lecciones del último año (que por cierto no ha sido nada fácil, aunque quién dijo que la vida lo era?).
Así que ya saben cual es el secreto del éxito: determinación, voluntad y paciencia.
P.D.: Gracias infinitas al Dr. José Rafael Martins por enseñarme el camino, por demostrarme que la cosa no es dejar de comer sino hacerlo correctamente. Por cierto doc, ya le metí un pelo de ejercicios a la cosa. Voy camino a los 40.
martes, 18 de mayo de 2010
Días...y días
Hay días en lo que provoca mandarlo todo a la mierda. Días en los que sentimos que todo va mal. Días en los que no nos encontramos. En los que sentimos que perdimos el rumbo. Que no nos gusta nuestro trabajo. Días en los que nos parece que estamos viviendo una vida que no es la nuestra. Que hemos tomado las decisiones equivocadas. Es normal. No todo puede ser siempre un sol radiante. Lo importante es no quedarse pegado y regresar al camino. A los proyectos. A los afectos. Recuperar las ganas. En normal tener un mal día, pero no una mala vida.
Creo que entregarnos a las cosas que nos gustan es una de las claves. Bloquear las malas vibras. Hacer oídos sordos a la gente ponzoñosa que no hace nada con su vida, pero critica todo lo que hacen los demás. Y no perder la brújula. Aunque a veces nos salgamos un poco de la vía, si no perdemos de vista nuestros objetivo, nuestras metas, ese lugar claramente identificado al que queremos llegar, entonces siempre tendremos oxígeno y fuerzas para resistir los tropiezos. Para levantarnos, sacudirnos, y echarnos a andar de nuevo.
Creo que entregarnos a las cosas que nos gustan es una de las claves. Bloquear las malas vibras. Hacer oídos sordos a la gente ponzoñosa que no hace nada con su vida, pero critica todo lo que hacen los demás. Y no perder la brújula. Aunque a veces nos salgamos un poco de la vía, si no perdemos de vista nuestros objetivo, nuestras metas, ese lugar claramente identificado al que queremos llegar, entonces siempre tendremos oxígeno y fuerzas para resistir los tropiezos. Para levantarnos, sacudirnos, y echarnos a andar de nuevo.
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